¿Qué tienen en común las princesas Disney y Kim Kardashian?

boda kim

En las antípodas del pensamiento de una persona que integra la subcultura emo: ahí está Kate Durbin, figurando, escribiendo y performando sobre el lecho de otra subcultura que, si tiene nombre, lo desconozco.

Kate Durbin, poeta, ensayista, innovadora, performancer, artista visual vía redes sociales y no sé cuántos epítetos más, es hipnotizante.

Lo es, primero, por su estética: definible a través de la contraposición. Es, como hemos dicho, lo que no es un emo. Una insana obsesión con las princesas Disney, la constante presencia de tonalidades, las transgresiones de mundos infantiles. La Madonna de Like a virgin en 2017 viviendo su infancia como un eterno Día de la marmota.

 

 

 

 

El hipnotismo viene dado, también, por su prosa, que es una continuación de su estética. Sus contenidos nacen de la unión entre lo naif y la obstinación adolescente elevada a la máxima potencia.

Poemas que toman la línea de un cuento popular —Caperucita roja y Hansel y Gretel son dos de ellos— y revienta el significado original al completo. Toma un mensaje, lo deforma y lo adapta al pensamiento de nuestro siglo.

 

 

Novelas —o nouvelles, o lo que sean— como la que acaban de traducir las editoriales independientes Ojo de pez y Cute Killa Press: Kim y su boda de cuento de hadas, que es una ficción que recrea las escenas de la boda de Kim Kardashian.

Aquí la escritura también tiene un punto infantil en el tono: acción y descripción; sujeto, verbo, predicado, punto y vuelta a empezar. Tal es la concisión de su estilo que uno no sabe si está ante el guion de una película al que le faltan las especificaciones técnicas.

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El eclecticismo es el leit motiv de su obra. En su día, junto a Amarnath Borsuk e Ian Hatcher, escribió un libro —por llamarlo de alguna manera— de poesía que estaba sujeto a modificaciones: la letra era dúctil. Escrito con tinta termocrómica, las palabras volaban bajo el calor de las manos o el aliento de las personas.

Abra: a living test, que es como se llama la obra, se complementa con una app que reinventa la figura pasiva del lector. Éste puede cambiar palabras. ¿La intención? Poner en entredicho el papel histórico de la palabra escrita.

Con Kate Durbin se evidencia la necesidad de que existan límites para que alguien se los salte, para enterarte de su existencia y decir “Ah, que esto también es posible”.

 

 

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